La noche anterior se había afeitado, lo que reduciría considerablemente la logística de la mañana del lunes. Había pasado un buen fin de semana, sin nada reseñable, pero con una tranquilidad olvidada las últimas semanas.
Los peques se habían ido ya al cole y, chequeando el mail antes de ir a la ducha, pensaba que sus gustos musicales resultaban demasiado eclécticos. No podía ser que le apasionaran ciertos grupos macarras melenudos ("piojosos" les llamaba él), de la misma manera que algunas canciones petardas o retazos de algún aria o... O vete tú a saber qué otras cosas. Ahora que no había nadie en casa, abierto ya el grifo del agua caliente, buscó en youtube una canción de Mónica Naranjo. La señorita en cuestión no le gustaba demasiado y, en cierta manera, se avergonzaba de que le hiciera tilín alguna de sus canciones. En la soledad de la ducha daba todo igual. Nadie más que él escucharía esos engolados ñoños.
Una vez purificado, seleccionó el vestuario para ese día especial. El viernes pasado habían caído algunos compañeros de Barcelona y mucho se temía que el lunes tocara en Madrid. Descartados los trajes que ya no se ponía, optó por unos vaqueros con aspecto de muy usados, el cinturón negro con hebilla plateada, el reloj que gastaba últimamente, discreto, elegante y nada ostentoso. Los zapatos sólo podrían ser los negros de costura prusiana. Y una camisa blanca.
Llevaba ya unas semanas vistiendo sólo camisas blancas. De hecho, su icono en esta materia siempre había sido el personaje masculino de nueve semanas y media: un guardarropa completo, con el mismo traje oscuro, las mismas camisas blancas y los mismos zapatos repetidos hasta el infinito. Elegante, discreto, nada ostentoso. Como el reloj que ahora utilizaba. Esa imagen de Mickey Rourke se le había repetido durante años y, ahora, podía permitirse el lujo de imitarle lejanamente. No era cuestión de practicidad, sino de una moderna elegancia, aunque atemporal.
Una camisa blanca viste, pero es la prenda que más desnuda. No esconde nada por que todo lo muestra desde su pulcra sencillez. Te pone ante el mundo como lo que eres, sin imposturas, sin disfraces, sin corbatas que te delaten. Una camisa blanca supone una actitud, una pose y una declaración de principios. Es una provocación con la que no muchos pueden lidiar de forma correcta.
Dune, de Dior, como colonia, dio el toque definitivo. Ese día merecía no olvidarse de los detalles.
Camino del trabajo escuchó una canción perfecta en la radio y, para no estropearlo, no se la jugó esperando otro milagro en las ondas. Pulsó el botón del "play" en el CD del coche y comenzó a sonar "Little James", himno salido de uno de los peores discos de Oasis. Pensaba en su hijo mientras repasaba la historia de la canción. El camino le proporcionó esa melodía repetida 3 ó 4 veces.
Después de un café (zumo de naranja para él) infame con algunos compañeros de trabajo, una secretaria comunicó a su departamento que estuvieran absolutamente localizables a partir de las 11. En ese momento se dio cuenta de que el suelo se movía bajo sus pies. Ese momento, detestado desde hacía meses, ya era real y tenía caducidad. Apenas quedaban minutos.
Las balas pasaron silbando y volvieron a hacer daño muy cerca. Las horas también pasaron. Y fue convocado a una reunión en las que su jefe les dijo que el peligro, de momento, había pasado. Una nueva baja se había producido.
El resto del día pasó entre rumores, charlas de pasillo, mierda de todo tipo y gilipolleces. Enfrascado en su trabajo, resolvió los marrones propios de un día cualquiera, con los añadidos de cuatro eventos pendientes para esa semana, que tenían que salir bien por narices. Los corrillos alrededor con las especulaciones, apuestas y demás le molestaban y sólo esperaba un poco de cordura y de tranquilidad para acabar con sus tareas.
El final de la tarde llegó y, camino de casa el suelo volvió a moverse bajo los pies, pero esta vez era de una cierta felicidad muy pura. Al llegar a casa su hija gritó "papaaaaa" y su hijo le lanzó un beso enorme. Como todos los días. Con una de las camisas blancas que últimamente vestía.
Besos en los morros,
Dani