Me gusta el gimnasio. Me gusta colocarme los cascos, aislarme del mundo y levantar pesas. Sin excesos, pero con constancia y sufrimiento.
Pero... detesto a la fauna que campa por los gimnasios:
- Los mazas que se sienten por encima del bien y del mal.
- Las niñas de 16 años que van en grupo, sin tener ni puta idea de qué hacer, ni cuándo ni cómo. Sólo les importa lucir lo que sea.
- Los que van a hacer amigos, a pasarse la vida de charla, a ser posible con el cuello del polo levantado.
- Los que infectan el gimnasio en septiembre "por que este año sí que bajo los kilos que me sobran y cambio de vida". En noviembre han desaparecido, aunque siguen pagando, por que en enero vuelven (otra vez) con el estúpido propósito de cambiar de vida (y, además, dejar de fumar).
Después del gim fui a la Casa de Campo a correr una hora, pero el gemelo me sigue molestando mucho y opté por la retirada a los 300 metros. Quizá sea eso lo que me tiene algo cabreado. O no.
Besos en los morros,
Dani



