Estos días están pasando muy deprisa. Deprisa las cosas en la oficina. Deprisa el acople a la rutina semanal después de unas vacaciones ya lejanas. Deprisa en los negocios. El tiempo pasa deprisa y, aunque pretenda acabar conmigo, le planto esta cara de lata usada que se me está quedando y vamos avanzando.
Leía ayer en las tapas del libro "Romper una canción", de Benjamín Prado y Sabina -sobre el proceso creativo del último disco del de Úbeda-, un fragmento de una frase que resume lo que pienso sobre esto de la escritura: "pelear a muerte por cada palabra". La verdad es que más bien refleja una actitud ante la vida, ante aquello que significa nuestra vida: "pelear", dejarse la piel, luchar por algo; "a muerte", (¿cómo si no?); "por cada palabra", por cada verso, por cada suspiro, pedalada, zancada, mirada, sonrisa, beso o lo que a cada uno le muerda el alma.
Y por eso, este juntaletras de poca monta, se lía a veces la manta a la cabeza y llena una cuartilla, o plantilla de blog, o lo que sea, y se pone en plan lírico. Pero ese proceso es rasgador. Araña. Perfora la piel como un cuchillo caliente se hunde en la mantequilla. Porque cada palabra tienes que lucharla a muerte para que encaje. Cada puta coma, cada pausa. Y relees y te das cuenta de que, si uno no es capaz de interpretar un mismo texto de la misma manera 3 veces seguidas, ¿cómo cojones va a hacerlo alguien con el que todavía no has compartido un "café sólo con hielo y sacarina" en un bar?
Por eso me cuesta escribir últimamente. Porque este es un trabajo como otro cualquiera, que requiere tiempo y sangre que perder. Y, a veces, uno no tiene plasma para hipotecar.
Al grano.
Volábamos desde Madrid a Filadelfia, para dar luego el salto definitivo a Orlando, la mañana del pasado 25 de diciembre. Mientras el pájaro sobrevolaba el océano, las familias daban cuenta de una comida que muchas veces sólo vale para recordar a algunos muy valiosos que ya no ocupan silla (aunque llenen los corazones). Yo no soy de esa pasta, de la pasta de celebraciones que no van conmigo y, en la medida de lo posible, pongo millas de por medio siempre que puedo. Como decía, sobrevolaba el Atlántico el avión de US Airways, sumiendo al pasaje en una modorra de baja intensidad, sólo rota por algún llanto austero o por una palabra de más. En general íbamos casi todos con un pie en la tierra de Morfeo, tratando de que esas 8 horas se hicieran, en vano, lo más cortas posibles. Y, en medio de ese tiempo infinito de vuelo, de esos muchos miles de pies sobre el mar azul, de ese duermevela, se produjo la aparición.
Con los niños dormidos, las revistas tiradas en el suelo y los ojos a medio cerrar, creí ver una forma roja, sentada en un trineo, que volvía de una demente jornada nocturna de trabajo. El viejo gordo y barbudo acercó a los renos al ala del avión y, viendo que sólo yo miraba por la ventanilla, sonrió y, a través del cristal y en silencio, sin pronunciar palabra, me dijo: "tú no crees en mi y quizá yo no creo en ti, pero tú crees en ti y por eso te concedo los regalos que me pidas". Y, una vez dicho esto, después de ese instante insignificante, sin mover sus labios un ápice, guiñó un ojo y se alejó. Y allí me quedé, dormido ya, con cierta cara de gilipollas, soñando con unos deseos que debería elegir bien, aunque fuera de forma inconsciente.
Y soñé con tonterías. Tonterías como no tener que volver a tomar medio Miolastán por un ataque de dolor de espalda como había hecho un par de días atrás. Tonterías como poder coger en brazos a mis hijos sin conocer de antemano unas consecuencias nefastas en la L5-S1. Tonterías como poder calzar a la Slice unas Zipp 404 con unos bujes de aire, de un aire que permitieran un rodar eterno y fácil.
Muchas, muchas tonterías, como poder asistir uno de estos años al campus de Pozo, donde poder entrenar unos días bañado por el sol y las sonrisas. Y más cosas. Cosas como no tener que preocuparme por la oficina, por las compras de empresas, por amigos a los que les obligan a dejar un trabajo que tampoco quieren demasiado. Pequeñas cosas, que diría el otro, como tener la seguridad de que puedo correr un par de horas sin tener que recuperar otros dos. O como estar todavía más cerca de la gente a la que quiero de verdad. Seguía soñando, porque soñar era gratis y ese viejo gordo me había dicho que me concedería los deseos.
Soñaba con una isla de arenas negras en mitad del Pacífico, donde Berta, esa piedra blanca que tomé de la orilla del Mediterráneo, quiere ir a vivir cuando pase la línea mágica de Ali'i Drive. Berta sigue en mi mochila del gimnasio, esperando ese día que sabemos que llegará.
Y soñaba con canciones sencillas y perfectas que suenan en mi iPod mientras vuelo bajo en el barrio a más de 4 minutos por km. Con comidas sabrosas y conversaciones interesantes.
Soñé con cosas profundas y profanas. Con asuntos divinos y mundanos. Con gente especial. Soñé con muchas cosas, pero sobre todo soñé con mi Mujer y con que mis hijos siguieran igual de valientes que Álvaro, que se enfrentó días más tarde al poder del lado oscuro y salió victorioso.
Besos en los morros,
Dani