En aquellos años coleccionaba la revista Bicisport con el mismo entusiasmo que las columnas dominicales de Manuel Vicent. Releía una y otra vez las pruebas de las bicis que realizaba Antonio Alix. Estudiaba la sección de triatlón, únicos contenidos escritos en aquél tiempo junto con la separata de Corricolari. Recortaba las columnas de Vicent y las guardaba en cajas o las pegaba en algún cuaderno de hojas blancas.
En Bicisport leí la entrevista a The Grip en la que explicaba el cambio de ritmo en la Ironwar, aprovechando una ligera tachuela, justo antes de entrar en Kona. Le ví en fotos con la Look que le patrocinaba ese año y con esa cara de sarmiento luciendo una máscara y haciendo referencia a los espíritus de la lava, de Madame Pelé y del Energy Lab.
En las columnas y libros de Manuel Vicent encontré una cierta forma, entre epicúrea y asceta, de entender la vida que bien refleja en sus libros.
Todas esas lecturas forjaron un tipo de carácter en una juventud siempre difícil. Lecturas del pasado que siguen siendo hoy válidas.
En breve verá la luz otra forma de comunicación que pretende retomar la vieja esencia del triatlón, trayéndola a nuestros días con una renovada pátina de sabiduría. Y hoy escribe en El País su columna dominical el gran Vicent. Os copio y pego su texto, que podéis encontrar directamente en la edición on line, por lo que espero no dañar ninguno de los derechos de autor.
Yo, de mayor, quiero tener clase.
Besos en los morros,
Dani
TENER CLASE
No depende de la posición social, ni de la educación recibida en un colegio elitista, ni del éxito que se haya alcanzado en la vida. Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de una secreta seducción que emiten algunos individuos a través de su forma natural de ser y de estar, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Este don pegado a la piel es mucho más fascinante que el propio talento. Aunque tener clase no desdeña la nobleza física como un regalo añadido, su atractivo principal se deriva de la belleza moral, que desde el interior del individuo determina cada uno de sus actos. La sociedad está llena de este tipo de seres privilegiados. Tanto si es un campesino analfabeto o un artista famoso, carpintero o científico eminente, fontanero, funcionaria, profesora, arqueóloga, albañil rumano o cargador senegalés, a todos les une una característica: son muy buenos en su oficio y cumplen con su deber por ser su deber, sin darle más importancia. Luego, en la distancia corta, los descubres por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de guardar silencio, de caminar, de estar sentados, de sonreír, de permanecer siempre en un discreto segundo plano, sin rehuir nunca la ayuda a los demás ni la entrega a cualquier causa noble, alejados siempre de las formas agresivas, como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran. Y encima les sienta bien la ropa, con la elegancia que ya se lleva en los huesos desde que se nace. Este país nuestro sufre hoy una avalancha de vulgaridad insoportable. Las cámaras y los micrófonos están al servicio de cualquier mono patán que busque, a como dé lugar, sus cinco minutos de gloria, a cambio de humillar a toda la sociedad. Pero en medio de la chabacanería y mal gusto reinante también existe gente con clase, ciudadanos resistentes, atrincherados en su propio baluarte, que aspiran a no perder la dignidad. Los encontrarás en cualquier parte, en las capas altas o bajas, en la derecha y en la izquierda. Con ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que purifican el caldo gordo de la calle y te permiten vivir sin ser totalmente humillado.