Las semanas previas no le auguraban nada bueno. Había llovido los últimos fines de semana, los mismos que necesitaba para entrenar la bici de verdad. Había sufrido en sus carnes algunos percances de última hora, algunos más molestos que otros. Sentía ciertas palpitaciones en el pecho. Pero no fue consciente de todo esto hasta dos semanas antes de la cita.
Simplemente habían pasado los meses, inexorables, con una cadencia pasmosa, sin que se diera cuenta de que los días transcurrían y, con ellos, el tiempo de tomar ciertas decisiones. Hasta la semana previa no probó las ruedas, los geles disueltos. Hasta el día antes no se embutió en el neopreno (desde una mañana de mayo de 2008). El mismo día de la carrera estrenó el dos piezas que llevaría en la maratona. Como diría el bueno de Zubi "no se había puesto en modo Lanzarote hasta casi el mismo día". Pero nada de eso importa si uno persigue un sueño.
Llegó a la isla con el tiempo justo, aunque de eso ya hablaremos otro día. La tarde del viernes todo estaba resuelto y sólo quedaba colocar los pertrechos de la batalla en sus correspondientes trincheras. Caras amigas a las que saludó bajo un cuerpo tenso en algunos momentos, quizá los menos. Dorsal 839. Hubiera preferido unos números más bajos, pero no todo podía ser prefecto.
La mañana no comenzó bien. El desayuno resultó igual de frugal que en otras ocasiones: 3 zumos de naranja, un plátano y unas rodajas de melón. Los últimos retoques pendientes: aire en los tubulares, gafas de sol y plantillas para las zapatillas en la bolsa de bicicleta y la "special bag"; apenas le llevaron unos minutos. Disfrutó de esos momentos de soledad, aunque le hubiera gustado haberlos compartido con alguien.
A la vuelta hacia la nave nodriza, allí estaba ya su amigo esperando. En la esquina del hotel, acompañando en esos momentos de tensión. Fueron a la habitación y, mientras el mundo dormía, el improvisado ayudante tiraba del neopreno para encajarlo en la osamenta del aspirante a revalidar el título. Entró sin muchos problemas.
Como decía, la cosa no empezó bien. En Roth, a las 5 de la mañana, los boxes le recibieron con una canción especial que le puso los pelos de punta y le auguraban un buen resultado. Todo se torció por el camino. Esa mañana de mayo, al salir a la terraza de Fariones, se escuchaba también una canción prometedora. Zubi estaba dentro de la habitación terminando de colocar los tapones colgando de las gafas de nadar y él, mientras tanto, agarrado a la barandilla, miró al cielo y suplicó por mejor suerte.
Lo que no podía faltar era una sonrisa, una tontería que hiciera esos momentos algo más humanos. Quizá un beso furtivo a una chica que estaba en recepción, aunque no se mostró muy dispuesta...
El resto fue muy rápido: bajada a la playa, choque de manos con Juan Diego y tensa espera durante casi 10 minutos. La nada alrededor. Mil y pico cuerpos vacíos en los que no se fijaba. Sólo importaba empezar de una vez. Y sonó algo potente que hizo que se moviera la masa. Agua, por fin el agua.
¿Ven ustedes ese punto amarillo en el infinito? No es un punto y no está en el infinito. Está muy cerca y todo el mundo lo desea. Lo ama, lo busca. Es el primer giro, ese lugar del universo donde casi mil quinientas personas se agolpan tratando de pasar lo más cerca posible en un lapso de tiempo ridículo.
Se llevó hostias ese día. En todos lados: cara, piernas, brazos, torso. Hostias hasta en el cielo de la boca. Hasta en el carnet de identidad que debía andar por el hotel. Seguro que alguna patada se llevó ese deenei. Ni un puto minuto de tranquilidad en 3800 y pico metros. Ni un ratito en el que decir "soy dueño de 2 metros cuadrados de océano". Tragó agua como para cobrarle impuestos. Se le movieron las gafas en algún golpe. Sufrió dos tirones en la última recta de la segunda vuelta. Pero todo iba bien, ahora ya estaba más relajado. La peor parte había pasado y ninguno de los chips que se hundían en la arena del fondo del mar, o de esos gorros que buscaban un pez en el mar, eran los suyos. En el último giro se dio cuenta de que estaba en el Ironman más duro del circuito. Y ya estaba a punto de salir.
La ducha siempre es corta, pero elimina algo de sal. De la sal que se come sus labios y por la que tiene que llevar cacao en el bolsillo de su maillot.
Se había jurado recortar tiempos en los boxes, pero muy pronto se percató de la estupidez de su planteamiento. Aquello era un infierno encharcado donde resultaba imposible hacer las cosas bien, con rapidez y sin mojarse. Optó por la tranquilidad y la seguridad.
Hizo bien y sus pies salieron secos del avispero. Apenas una rampa le separaba de su máquina de volar bajo.
Y allí comenzó su verdadero Ironman, tratando de demostrase ciertas cosas. Tratando de confirmar que su primer Lanzarote no había sido "flor de un día". Tratando de convencer al mundo de que es posible entrenar lo justo y ser finisher. Tratando de controlar los vatios para no quemarse en la bici y reservar algo de fuerzas para una carrera a pie improbable.
Conocía el camino. Lo había disfrutado antes, en ese punto de conexión con la isla de Hervideros. Subiendo Timanfaya, más fácilmente de lo esperado. Pasando por la caleta de Famara, donde se le cayó un bote y tuvo que parar. Algunos participantes ya se habían retirado, pero él iba tranquilo y fresco. No recordaba lo pestoso del recorrido hasta Teguise, pero a partir de ahí ya olió los Miradores y les miró a la cara, de tú a tú. Apenas un par de tachuelas de las que reírse si no soplaba el viento. Y ese día no sopló.
Todo marchaba según los planes, y así fue casi hasta el final.
En el Mirador del Río decidió parar unos minutos a comer algo, hidratarse y disfrutar de ese momento en el que sabes que, si todo va bien, la bici está hecha. Pero la comida se rebeló e hizo que el estómago protestara. La bajada y el camino hacia Teguise fueron un infierno en el que sólo pensó en cómo aguantar sin vomitar. Necesitaba todos los nutrientes dentro de sí y no podía permitirse el lujo de perder ni una sola de las calorías ingeridas. Fue bien, aunque la media de kilómetros por hora en la bici se resintió enormemente.
Cuando apenas quedaban 20.000 metros sonaron las alarmas. En uno de los últimos repechos previos a Puerto del Carmen, puesto en pie sobre los estribos de su montura blanca, la espalda sufrió un pinchazo en la zona de las lumbares. ¿Sería ese momento? ¿Sería ese día? ¿Habría llegado el instante que trataba de evitar a toda costa? Porque sabía que podría llegar un día en que, bien el corazón, con su válvula aórtica exótica y caprichosa, bien la espalda, con ese disco entre al L5 y la S1 seco, bien vaya usted a saber qué, podrían decirle "es tiempo de parar". Y, en ese momento de dolor, recordó y se repitió ese vídeo que había visto decenas de veces.
(Disculpad, pero Youtube no me deja insertar el vídeo, pero está aquí:
http://www.youtube.com/watch?v=m5voqcN9zm4)
"Hoy no es ese día", se repitió. Una, y otra, y otra vez. Así hasta que el dolor desapareció. Y, con esa sensación de plenitud, llegó a la T2.
Buscó el 839 de nuevo y, tras otro Red Bull y más crema (estéril empeño por evitar las quemaduras) en la espalda, salió de la tienda, tratando de buscar algún recuerdo en su ADN de lo que significaba la palabra "correr".
La sabiduría te hace comprender que no debes luchar contra alguien más fuerte que tú con sus mismas armas. Él no podía plantearse correr durante 42 kilómetros. Mucho menos durante 42 kilómetros y 192 metros. Eso era mucha tela.
Sabiendo de antemano que llevaba dos meses sin correr a pie, sólo quedaba la esperanza de trotar todo lo posible y hacer que los kilómetros pasaran. Eso y que el ibuprofeno hiciera efecto de modo profiláctico. No había dolores en la espalda o la cadera, pero habría que estar atentos. Y así comenzó la parte más entretenida del día.
Enfundado en su traje nuevo del Enphorma, avanzó lento pero seguro los primeros kilómetros. Había comprobado, el día anterior por la mañana, que el primer punto de giro estaba en el más allá. Mucho más allá de lo humanamente deseable para una primera vuelta en la que el atleta no puede correr. Pensó en la delicia que serían esos kilómetros lisos, llanos, para alguien que pudiera mantener un ritmo uniforme y cadencioso. Ese punto de giro se le antojó que estaba, realmente, "a tomar por culo".
Lo sabía, ese pantaloncito se las traía, pero qué podía hacer... Se debía a su nuevo club, al igual que en 2008 había participado de riguroso luto bajo un sol inmisericorde. Es lo que tiene recibir una pasta por lucir unos colores.
Resultaba doloroso comprobar cómo había mucha gente que ya llevaba una o dos pulseras, pero él sólo se repetía "esa no es mi guerra", "esa no es mi carrera", "yo corro bajo mis circunstancias, expectativas y deseos". Y así pasó el tiempo y el espacio, y completó la primera vuelta.
Mientras tanto, atardecía en Puerto del Carmen. Se marchaba poco a poco la luz y se alejaban los fantasmas que días antes habían tratado de intimidarle.
Lento, lento, lento, seguía pasando el mundo a su alrededor y se acercaba a por la segunda de las pulseras, la misma que indicaba que quedaba mucho menos tiempo por disfrutar de un día casi perfecto.
Esa última vuelta dejaba al descubierto todo lo que llevabas. Las caras mostraban ciertas expresiones muy puras, casi dejando el alma al desnudo porque, una vez abandonadas las fuerzas y falto de oficio, sólo queda tirar de fe. Tirar de fe, de ganas de comerse el mundo y de recuerdos de la gente que te quiere. Pensaba en toda esas personas que le estaban esperando, siguiendo, faltando. Y esos pensamientos le dieron algo de alas durante un tiempo.
Las horas hacían estragos entre algunas criaturas bellas que no se merecían ese castigo. El día había sido largo para todos, aunque algunos cuerpos más pequeños no estaban acostumbrados a los rigores del Ironman. Quedaba muy poco. La noche había llegado y con ella el frescor, así es que sólo quedaba un último esfuerzo. Era capaz de oler la meta después de abrazar a Zubi.
Cogió a su hijo, unieron sus manos y, en un último aliento, cruzaron la meta para estrechar otra mano de alguien mucho más mayor. Ya estaba hecho. Y, sinceramente, no le había resultado tan complicado. Álvaro estaba feliz con la nueva medalla y él sólo pensaba en cumplir con la burocracia y recoger los bártulos y darse una ducha. Nada de masajes, paella o sueros. Nada de tonterías no necesarias. Lo único necesario era comer algo de verdad con un amigo.
A las 23:00 volvió a ver a Zubi, ahora enfundado en un polo de color negro con una inscripción mágica. La pizza en la misma línea de meta resultó más deliciosa viendo entrar al último participante, apenas unos segundos antes de que sonaran las campanadas de medianoche y la carroza se convirtiera en calabaza.
Finalmente le hizo una foto a su montura antes de deshacerla en trocitos y meterla en la maleta.
Habrá algún chascarrillo en el futuro, algún detalle sin importancia que pueda hacer gracia, pero lo sustancial está en este post (y en el que me toca escribir sobre la gente increíble con la que me encontré).
Antes de despedirme sólo os quiero decir GRACIAS. Sabéis quiénes sois, tanto los que me leéis como los que habéis estado a mi lado todo este tiempo.
Besos en los morros,
Dani
P.D. Las fotos son obra de Zubi, al que nunca le agradeceré lo suficiente que ejerciera de "escudero" de un caballero de segunda durante esos días. Él sabe que un trocito de este IM es suyo.





