Uno.
Hace tiempo, muchos años ya, milité en un partido político. Era joven, universitario, y con ciertos ideales. Viví desde dentro mucha miseria intelectual, mucho servilismo y mucha estupidez. Cuando abandoné el partido, un par de años después, me prometí no volver a ese mundo, a menos que hubiera demostrado que era capaz de hacer otras cosas en la vida a parte de vivir a costa del erario público besando culos, más o menos repugnantes.
Me gustaban ciertas formas de llegar a cargos de responsbilidad, desde una cierta normalidad, para volver luego, una vez abandonado el ejercicio público, a esa cotidianeidad previa. No tiene nada que ver con mi breve militancia, ni coincidimos en ideales, pero me gustó la trayectoria de Gerardo Iglesias, que vino de la mina, pasó por la política y volvió a la mina hasta su jubilación.
Se nos fué Labordeta, un tipo simpático, más por las formas y por lo que hizo antes y después de su paso por el Congreso, que por su etapa de diputado (esta es una opinión personal). Alguien que vino de alguna parte -de la canción, la poesía, la literatura- para pasar luego a otras cosas. Lo de enmedio sólo fue, eso, un pasar. No un permanecer. Esa actitud fue lo que más me gustó de él. Sigue cantando, llevando un país en la mochila y siendo alguien "normal" allá donde te encuentres.
Dos.
Leo comentarios sobre el de dónde viene y a dónde va la filosofía del IronMan. Y lo curioso es que estamos casi todos de acuerdo: el IM es algo distinto, una forma de entender la vida y el deporte algo sui generis, ni mejor ni peror que otros deportes, sólo diferente. Lo curioso es que luego, en medio del fregado de los 226 km uno se encuentre con que ese espíritu se prostituye por todos lados: con las hostias sin miramientos en el agua, con chupes de rueda malditos, con carreras a pie en las que los rivales se hablan y... Mejor me callo.
Tengo mi punto de vista, mis creencias. Y pasan por entregar cada gota de sudor el día en el que me abrazo con mis amigos en una playa a las 7 de la mañana. Pasa por recordar, en esos momentos previos al disparo inicial, la cantidad de días que he salido a entrenar, con lluvia, frío o calor; saliendo a horas en las que hay gente que duerme o robando horas a mi familia, a mis hijos; saliendo a pesar de los dolores de espalda o de ciertos problemas en un músculo escondido en el pecho. Entregar cada gota de sudor sabiendo que no puedo dar más. Punto.
Mis creencias son las mismas haga 14:30 horas o buscando un objetivo más ambicioso. Mis creencias son sencillas: el día del IM es el fin de curso, en el que hay que darlo todo en un examen al que se llega tras haber estudiado y en el que hay que aprobar sin copiar. Si no soy el más listo de la clase me da igual. Si otros sacan mejores notas copiando me da igual. Puedo llevar mis IMs con la cabeza bien alta, sabiendo lo que me ha costado cruzar la línea de meta. El resto podéis hacer lo que os dé la gana. Yo sé quiénes son mis amigos y quiénes juegan limpio.
Tres.
En la lápida que guarda las cenizas de mi tío Antonio apenas están escritos su nombre y fechas de nacimiento y partida. Si alguien me pregunta por una cruz o por si era creyente, la respuesta es muy sencilla: era un gran creyente.
Creía en el deporte. En el baloncesto. Creía en el equipo, en darlo todo en una cancha. Creía en la victoria. Creía en sus amigos. En el baile. En las setas. Creía en mí cuando iba a nadar a su polideportivo y comentábamos ciertas locuras que se me pasaban por la cabeza. Creía en fumarse un cigarro en cuanto tenía un hueco. Y en tomarse una cerveza en casa de mi abuela, hablando con sus hermanos. Mi tío creía en muchas cosas, casi todas vinculadas a la actividad física y a la gente. Era un verdadero creyente. Y algún discípulo le salió al muy bribón.
Y yo me pregunto, y tú ¿en qué crees?
Besos en los morros,
Dani.
P.D. pronto habrá resultados definitivos sobre el estado de mi corazón y de los dolores en el pecho. Sólo necesitamos confirmar en unos días el diagnóstico.