Aquellos con los que tengo más confianza saben que estoy pasando por un cierto parón deportivo algo más largo de lo que me gustaría (y mucho más de lo que resultaría razonable para volver a Lanzarote a pasarlo un poco mejor). No llega a ser una crisis, no es una cuestión de pérdida de fe, ni de ganas. Es una sensación de pereza arrastrada, de un "ya empiezo mañana", de estar cansado cada maldito día, de... En fin, sensación de que sé - que - me - tengo - que - poner - pero - no - me - pongo.
Es como haber caído en una espiral, en un puñetero círculo vicioso del que cuesta una enormidad salir.

Pues bien, esta mañana tuve un pensamiento peregrino (uno tiende a pensar lo menos posible, por si acaso) y me dije "estás gilipollas" (nada nuevo) "y estás perdiendo el jodido tiempo". Y me pregunté "si hoy, por el motivo que sea, fuera el último día que pudieras salir a correr, ¿lo aprovecharías?".
Esta noche, pertrechado con orejeras, buff al cuello, mallas largas y algo que escuchar en los cascos salí a trotar por el placer de correr. Ni idea del tiempo que anduve "volando bajo" por las calles desiertas, quizá algo más de media hora. Ni puñetera idea.
Salir a correr sólo por sentir de nuevo el aire helado en la cara. Por recordar que la cadera me duele -bendito dolor- y por volver a sentirme un privilegiado. Joder, cómo me gusta correr. Cómo me gusta haber vuelto. Cómo disfruto habiendo roto un círculo.
Besos en los morros,
Dani
P.D. En breve os cuento otro círculo vicioso que he roto.