Hace unos años, cuando los tíos iban cumpliendo 40 tacos (la cifra es sólo una estimación, no un dogma) iban ahorrando para darse algún capricho, tipo moto chula, descapotable o similar. La moto era jodida de conseguir porque la parienta solía dar un rotundo "no". Uno "no" de cojones, de esos que no dejan lugar a dudas. Y quedaba el descapotable. Pero costaban un Congo, una pasta que no muchos podían afrontar. Cualquier Porsche de segunda mano se iba de presupuesto para una familia normal.

Ahora las cosas han cambiado. Cualquier gilipollas se compra una Bonneville, se pone una chupa de cuero y sale a darse una vuelta por el barrio, a comprar el pan, pensando que es Steve McQueen. O ahorra unos euros y, a falta de un Boxter, se pillan un Mazda o un MG que todavía ruede y se pasean por Madrid luciendo un palmito que no se corresponde con las miradas que lanza a las mujeres 15 años más jóvenes. Es decir, que cualquier pringao es capaz de cumplir los sueños de wikipedia de un cuarentón medio.
Dado que casi cualquier cretino es capaz de conseguir estas cosas, van y miran un poco más allá. Se preguntan qué pueden hacer, qué puede ocupar sus cabezas y sus horas, como digo, más allá de un coche de saldo. Y aparece el maratón. Pero el maratón también lo corre cualquiera. No hay más que ver a la gente corriendo por cualquier parque de una gran ciudad, o cómo vuelan los dorsales de algunas carreras.
Y, ¡tachán! leen en el Marca o cualquier revista en la peluquería algo sobre el IronMan. Y ven la luz. A partir de ese día ya podrán fardar ante los amigos de entrenar para un Ironman. Se compran una bici con acople, aprender a nadar. Hablan de geles, de los días que doblan, de transiciones. Se empiezan a quejar de que no tienen tiempo para nada y de que les harían falta plantillas. Parece que han inventado el puto triatlón.
Alguno no se creería la cantidad de veces que me he encontrado los últimos meses con tipos como los que describo. Pero es tan cierto como las pocas ganas que tengo de seguir en cierto circo. En fin, que estoy hasta las narices de algunos comportamientos en este deporte.
Todo esto da para mucho más pero, sinceramente, tampoco me apetece escribir.
Besos en los morros,
Dani